lun 5a. Sem cuaresma (Id=238)
[col][lect][ofre][pref][com][despcom]
Ten compasión de mí, Señor, que me
pisotean y acosan todo el día mis enemigos.
Miserére mihi, Dómine, quóniam conculcávit me homo, tota
die bellans tribulávit me. Sal 52,2
Oremos:
Dios nuestro, que con el don de tu amor nos colmas de bendiciones,
transfórmanos en una nueva criatura para que estemos preparados a
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
La inocencia de Susana
Lectura del libro del profeta Daniel
13, 1-9.15-17.19-30.33-62
En aquellos días, vivía en Babilonia un
hombre llamado Joaquín. Se había casado con una mujer llamada Susana, hija de Jelcías, de gran belleza y fiel a Dios, pues sus padres
eran justos y la habían educado conforme a la ley de Moisés. Joaquín era muy
rico y tenía un espacioso jardín junto a su casa. Como era
Aquel año habían sido designados jueces de entre el pueblo dos viejos de ésos
de quienes dice el Señor: "Los ancianos y los jueces que se hacen pasar
por guías del pueblo han traído la maldad a Babilonia". Frecuentaban estos
dos viejos la casa de Joaquín, y todos los que tenían algún pleito que resolver
acudían a ellos.
Al mediodía, cuando la gente se había ido, Susana salía a pasear por el jardín
de su marido. Los dos viejos la veían entrar y pasear todos los días, y
comenzaron a desearla con pasión. Su mente se pervirtió y se olvidaron de Dios
y de sus justos juicios.
Un día, mientras ellos estaban aguardando la ocasión oportuna, entró Susana,
como de
costumbre, acompañada solamente por dos criadas jóvenes, y quiso bañarse en el
jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie más que los dos viejos,
que estaban escondidos observando. Susana dijo a sus criadas:
"Tráiganme aceite y perfumes y cierren las puertas del jardín, para que
pueda bañarme".
En cuanto se fueron las criadas, los dos viejos salieron del lugar donde
estaban y fueron corriendo adonde estaba Susana, y le dijeron:
"Mira, las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve.
Nosotros te deseamos apasionadamente; consiente, pues, y deja que nos acostemos
contigo. De lo contrario daremos testimonio contra ti, diciendo que un joven
estaba contigo y que por eso mandaste fuera a las criadas".
Susana suspiró profundamente y dijo:
"No tengo escapatoria. Si consiento, me espera la muerte; si me resisto,
tampoco escaparé de sus manos. Pero prefiero caer en sus manos sin hacer el
mal, a pecar en presencia del Señor".
Así que Susana gritó con todas sus fuerzas, pero también los dos viejos se
pusieron a gritar contra Susana, y uno de ellos corrió a abrir la puerta del
jardín. Al oír gritos en el jardín, la servidumbre entró corriendo por la
puerta de atrás para ver lo que ocurría. Cuando oyeron lo que contaban los dos
viejos, los criados se avergonzaron, porque jamás se había dicho de Susana una
cosa semejante.
Al día siguiente, cuando el pueblo se reunió en casa de Joaquín, vinieron los
dos viejos con el criminal propósito de condenarla a muerte. Y dijeron ante el
pueblo:
"Manden a buscar a Susana, hija de Jelcías, la
mujer de Joaquín".
Fueron a buscarla, y ella vino con sus padres, sus hijos y todos sus parientes.
Los familiares de Susana lloraban al igual que todos cuantos la veían.
Entonces los dos viejos, de pie en medio de la asamblea, pusieron sus manos
sobre la cabeza de Susana. Ella, llorando, levantó los ojos al cielo, porque su
corazón estaba lleno de confianza en el Señor. Los viejos dijeron:
"Estábamos nosotros dos solos paseando por el jardín cuando entró ésta con
dos criadas, cerró las puertas del jardín y mandó irse a las criadas. Entonces
se acercó a ella un joven que estaba escondido y se acostó con ella. Nosotros,
que estábamos en un rincón del jardín, al ver la infamia, corrimos hacia ellos
y los sorprendimos juntos; a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que
nosotros y, abriendo la puerta, se escapó; pero a ésta si la agarramos y le
preguntamos quién era el joven, pero no quiso decirlo. De todo esto somos
testigos".
La asamblea les creyó, porque eran ancianos y jueces del pueblo, y Susana fue
condenada a muerte.
Pero ella gritó con todas sus fuerzas:
"Oh Dios eterno, que conoces lo que está oculto
y sabes todas las cosas antes que sucedan: tú sabes que éstos han dado falso
testimonio contra mí; y ahora yo voy a morir sin haber hecho nada de lo que la
maldad de éstos ha inventado contra mí".
El Señor escuchó la súplica de Susana y, cuando la llevaban para matarla, Dios
despertó el santo espíritu de un jovencito llamado Daniel, el cual se puso a
gritar:
"¡Yo soy inocente de la sangre de esta mujer!"
Todo el pueblo lo miró y le preguntó:
"¿Qué has querido decir con eso?"
El, poniéndose en medio de ellos, dijo:
"¿Tan torpes son, israelitas, que sin examinar la cuestión y sin
investigar a fondo la verdad, han condenado a una hija de Israel? Regresen al
lugar del juicio, porque éstos han dado falso testimonio contra ella".
Todo el pueblo regresó inmediatamente, y los ancianos dijeron a Daniel:
"Ven, toma asiento en medio de nosotros e infórmanos, ya que Dios te ha
dado la madurez de un anciano".
Daniel les dijo:
"Separen a uno de otro, que quiero interrogarlos".
Una vez separados, llamó a uno y le dijo:
"Viejo en años y en maldad: ahora vas a recibir el castigo por los pecados
que cometiste en el pasado, cuando dictabas
sentencias injustas condenando a los inocentes y dejando libres a los
culpables, contra el mandato del Señor: "No condenarás a muerte al
inocente y al que no tiene culpa". Si de verdad la has visto, dinos bajo
qué árbol los viste juntos".
El viejo respondió:
"Bajo una acacia".
Sentenció Daniel:
"Tu propia mentira te va a traer la perdición, porque el ángel del Señor
ha recibido ya la orden divina de partirte por la mitad".
Después hizo que se fuera, mandó traer al otro y le dijo:
"Raza de Canaán y no de Judá:
la hermosura te ha seducido y la pasión pervirtió tu corazón. Esto es lo que
hacían con las hijas de Israel y ellas, por miedo, se les entregaban. Pero una
hija de Judá no se ha sometido a su maldad. Dinos,
pues, ¿bajo qué árbol los sorprendiste juntos?"
Respondió el viejo:
"Bajo una encina".
Daniel sentenció:
"También a ti tu propia mentira te traerá la perdición, porque el ángel
del Señor está ya esperando, espada en mano, para partirte por el medio. Y de
esta manera acabará con ustedes".
Entonces toda la asamblea comenzó a bendecir a Dios en alta voz, pues salva a los
que esperan en él. Se lanzaron contra los dos viejos, a quienes por propia
confesión Daniel había declarado culpables de dar falso testimonio, y les
aplicaron el mismo castigo que ellos habían planeado para su prójimo. De
acuerdo con la ley de Moisés fueron ejecutados, y así aquel día se salvó una
vida inocente.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial
Sal 22, 1-3a.3b-4.5.6
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Si ambulávero in valle
umbrae mortis, non timébo mala, quóniam tu mecum es.
El Señor es mi pastor, nada me falta. Me conduce junto a aguas tranquilas y
renueva mis fuerzas.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Si ambulávero in valle
umbrae mortis, non timébo mala, quóniam tu mecum es.
Me guía por la senda del bien, haciendo honor a su nombre. Aunque pase por un
valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo; tu vara y tu
bastón me dan seguridad.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Si ambulávero in valle
umbrae mortis, non timébo mala, quóniam tu mecum es.
Me preparas un banquete para envidia de mis adversarios, perfumas con ungüento
mi cabeza y mi copa está llena.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Si ambulávero in valle
umbrae mortis, non timébo mala, quóniam tu mecum es.
Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré por
siempre en la casa del Señor.
Nada temo, Señor, porque tú estás conmigo.
Si ambulávero in valle
umbrae mortis, non timébo mala, quóniam tu mecum es.
Aclamación antes del Evangelio
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me siga tendrá la luz de la
vida.
Nolo mortem impii dicit Dóminus, sed ut convertátur et vivat. Ez 33, 11
o bien
Nemo te condemnávit múlier? Nemo, Dómine. Nec ego te condemnábo: iam ámplius noli
peccáre. Jn 8, 10-11
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Yo soy la luz del mundo
† Lectura del santo Evangelio según san Juan
8, 12-20
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos:
"Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que
tendrá la luz de la vida".
Al oír esto, los fariseos le dijeron:
"Estás dando testimonio de ti mismo; por tanto, tu testimonio no tiene
valor".
Jesús les contestó:
"Aunque doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido, porque sé de
dónde vengo y a dónde voy. Ustedes, en cambio, no saben ni de dónde vengo ni a
dónde voy. Ustedes juzgan con criterios mundanos. Yo no juzgo a nadie, pero si
lo hiciera, mi juicio es válido, porque no soy yo sólo el juez, sino que
también está conmigo el Padre, que me envió. En su ley está escrito que el
testimonio dado por dos testigos es válido. Pues bien: un testigo a mi favor
soy yo mismo; pero también da testimonio a mi favor el Padre, que me
envió".
Ellos le preguntaron:
"¿Dónde está tu Padre?"
Jesús les contestó:
"Ni me conocen a mí ni conocen a mi Padre; si me conocieran a mí,
conocerían también a mi Padre".
Jesús dijo esto cuando estaba enseñando en el templo, junto a las alcancías de
las ofrendas. Sin embargo, nadie se atrevió a detenerlo, porque aún no había
llegado su hora.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Concede, Señor, a tus hijos reunidos para
celebrar esta Eucaristía, ofrecerte como fruto de su penitencia una conciencia
limpia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La fuerza de la cruz
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y
salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios
todopoderoso y eterno.
Porque en la pasión salvadora de tu Hijo el universo aprende a proclamar tu
grandeza y, por la fuerza de la cruz, el mundo es juzgado como reo y el
Crucificado exaltado como juez poderoso.
Por eso,
ahora nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y los santos
diciendo:
[Misa]
Yo soy la luz del mundo, dice el
Señor. El que me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de
Ego
Oración después de la Comunión
Oremos:
Que la fuerza de tus sacramentos nos libre, Señor, de nuestras malas
inclinaciones y nos ayude a seguir a Cristo para acercarnos cada vez más a ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
.